Lo sabìamos ambos,
por eso era superfluo repetirlo-también eso sabìamos-.
,
aunque a veces la noche se encarnizara en darnos
las palabras màs bellas, por si acaso crecìan.
Esas veces que faltaba un mal minuto
para que hubiese chispas rodando por el suelo,
y habia que apartar los ojos, y amarrarse
los lazos casi sueltos de la triste cordura.
Porque también sabìamos que era cosa de locos
desvarìo extremado (aunque, si, delicioso)
y que era necesario extirparlo de golpe,
o sacarle los ojos, o cortarle las manos,
para que no saliese
a la luz y mostrase
su inocencia perfecta, qie no iba a entender nadie.
Elogio a la malayerba 1996- Josefa Parra